BALOIA BAZAN ALA EZ BAZAN. Esferas. Ibai Berrade.


Reminiscencia del poder feudal, inherentemente injusto y desigual, el edificio se alzaba en la capital del reino. La luz natural se introducía juguetona a través de los amplios ventanales, y la enorme mesa de madera maciza sita en el centro de la estancia aceptaba receptiva y presumida la lisonja galante del prócer eterno.
Alrededor del gabinete, constituído a primera hora de la mañana, el ambiente fluía contradictoriamente tranquilo. Tras los saludos protocolarios y primeros cafés habían decidido emplearse a fondo en la resolución del gran conflicto que precipitó la reunión. En el centro de la mesa un folio de color rojo, detalle anómalo en sus encuentros, pretendía infructuosamente captar su atención. Varios secretarios personales, preocupados por la tendencia dispersa de las eminencias, idearon la sutil pero inútil artimaña de las evocaciones cromático-conceptuales. Suerte que cuanto más profundo es el desencanto menos mella hace la frustración. No esperaban, como así estaba sucediendo, gran cosa de sus superiores.
La conversación entre corbatas no tenía un instante de pausa:
¿ Cómo puedes decir que la entrada de Pepe no es roja?- preguntaba el ministro de Cinismo con su más efectista sonrisa.
Ni siquiera le toca- respondía la ministra de Codicia con mal fingida indignación.
El Barcelona habría ganado de todas maneras- irrumpía el ministro de Abusos Institucionalizados.
Eso no puedes saberlo-replicaba inteligentemente la ministra de Ley No es Sinónimo de Justicia.
Y casi sin darse cuenta les dio la hora de comer. Salieron del lujoso recinto en dirección al mejor restaurante de la ciudad, y allí, entre exquisiteces de gourmet, ataron los pequeños flecos que aun coleaban.
El Madrid es capaz de remontar, la historia lo avala- decía convencido el ministro de Gobernación con Calculadora.
Te invito a verlo a mi casa. Pasaremos una buena tarde- lanzaba la ministra de Elitismo Solapado.
De vuelta al palacio, en torno a la majestuosa mesa de madera, el ministro de Desvergüenza reparó por casualidad en la hoja roja que marcaba el único punto del orden del día. Con una socarrona sonrisa se la pasó al presidente del Gobierno. Los datos eran devastadores: 4.910.200 parados, una cifra de paro del nada más y nada menos que 21,3 por ciento ( una de cada cinco personas en edad de trabajar no podía hacerlo).
El presidente reclamó para sí la atención de los presentes. Algo había que hacer, expuso, la situación se hallaba al borde de la insostenibilidad: el pueblo podría levantarse en cualquier momento.
El aire alrededor de la mesa se espesó, las sonrisas languidecieron, los rictus se tensaron. El silencio, oscilando entre lo sepulcral y lo devastador, delegó en el tiempo la capacidad de potenciar el dramatismo. Cada segundo era más insoportable que el anterior.
Tras media tarde de mutismo el ministro de Descomunicación Guíada y Tutelada alzó la mano para tomar la palabra:
Sólo hay una salida. Daremos la orden a los medios de comunicación de que aumenten el minutaje referido al fútbol. Démosles algo en lo que pensar, ofrezcámosles emociones, entretenimiento. Gracias a Dios Todopoderoso la semana que viene hay otro Barcelona-Madrid. Y después liga, y después ya nos sacaremos algo de la chistera…
La ovación sonó al unisono, las risas volvieron, las chanzas retornaron y el presidente dio por terminada la maratoniana reunión, no sin antes advertir:
Señores y señoras, recuerden que en la puerta nos esperan las cámaras de televisión. No olviden las clases de interpretación en las que tanto tiempo y recursos invertimos. Quiero rostros de circunspección absoluta hasta que entren en sus casas. Repito: hasta que entren en sus casas, coches oficiales incluídos. Extrememos las precauciones. Acuérdense de lo que quieran, de la bajada de sus acciones, de lo horrible del corte de pelo de sus mascotas o del lamentable período que pasarán sin mayordomo porque el actual murió de inanición. Me es indiferente, pero el más mínimo atisbo de conformidad en sus gestos será penalizado con la destitución fulminante ¿ Queda claro?
– Sí, señor presidente.
Minutos después los televidentes respiraban algo más tranquilos al comprobar la sincera aflicción con la que sus políticos abandonaban el Palacio de la Moncloa.
Todo cambiaría para acabar siendo igual.

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