HAMAIKA HITZ. Un cuento diferente. Ibai Berrade


Había una vez, en un  reino muy cercano, un rey que reinaba sin reinar: no tenía guerras en las que participar, ni doncellas a las que conquistar, ni brujas que lo convirtieran en rana.

Este rey era una anomalía en las estirpes regias, ya que no era hijo de rey. Y pensaréis:¿ cómo es que entonces llegó a reinar?

Pues resulta que este cuento es, como su título indica, un cuento diferente. Un cuento lleeeeeeno de sorpresas. Este rey no heredó el reino de su papá, se lo regaló  un amiguito que años atrás se había tragado un silbato. Un día que jugaban juntos  le dijo:

                -Juan Carlos, dejo todo atado y bien atado. Tú serás el que gobierne aquí cuando yo me vaya.

Al principio Juancar se rió mucho; ay, qué voz tan graciosa tenía su amigo. Pero cuando la voz de pito dejó de chirriar no le quedó más remedio que tomárselo en serio. Pensó, y pensó, y pensó…pero, como siempre, la solución se la dieron los demás.

-No se preocupe, alteza- le dijo uno-. Esto será una monarquía parlamentaria.

-¿Una monarquía parlaqué?

Nuestro rey nunca había oído hablar de parlamentos y el concepto se le hacía extraño. “ Qué manías más raras tienen estos políticos, juntarse para discutir. Están locos”-pensó. Pero su asombro aumentó hasta límites insospechados cuando le explicaron quiénes y por qué acudirían a ocupar los sillones del parlamento. A Juancarlitos le pareció una pérdida de tiempo para sus súbditos el tener que salir de casa con el único fin de meter un sobre en una urna, pero él era muy respetuoso, así que decidió dar a la gente lo que le pedía. Total, a él no le afectaba. La siguiente idea le gustó mucho más.

-¿Que mis comidas, vicios, viajes, luz, agua y no sé cuántas cosas más me las pagará la gente? ¿Así, sin más? ¿ Y que puedo hacer lo que me dé la gana porque jamás pisaré una cárcel? ¡Guau! ¡ Soy el mejor del mundo!

Pasaron 30 años. La sociedad del reino cambió, pero el rey no. Él seguía gastando lo que no era suyo y haciendo lo que le apetecía. Durante este tiempo había nacido un principito y varias princesas, pero éstas no eran importantes, así que el rey jamás les dio la paga. Para qué, si no podían ser reinas, eso es cosa de hombres. Las princesitas y el principito se fueron haciendo mayores, incluso se casaron. Todo era felicidad para el rey, hasta que cierto día descubrió que un yerno suyo había sido tan torpe como para que le pillaran haciendo algo que mancharía la buena fama de la corona. Y nuestro reyecito pensador volvió a pensar: “ummmm, si mis súbditos se enfadan quizás decidan que prefieren una república, donde nadie esté por encima de la ley. Ya sé, voy a explicar a la gente dónde va a parar ese dinerito que tan gustosamente me envían. Que  no se piensen que todos somos como ese yerno mío”

Y así, por primera vez en treinta años, las cuentas de la monarquía se hicieron públicas.

 

La prensa del reino no tardó en entender  que no conviene morder la mano que te da de comer, así que  los palmeros mayores del reino se juntaron para hacer lo que mejor sabían hacer; qué forma tan maravillosa de dar palmas; qué ritmo; qué… “ hay que alabar que el gesto de transparencia haya sido voluntario” ( “clap”, primera palma), “la imputación del yerno demuestra que la justicia es igual para todos (“clap-clap”), “el estado de derecho funciona, los poderes están separados” ( “clap-clap-clap”)…y un larguísimo etc de palmeos que se repitieron, en rítmica armonía, hasta la saciedad.

Los políticos, temerosos de revueltas, se adhirieron ipso facto a la línea marcada. No se recuerdan apenas disidencias incómodas.

Hubo entre la gente conatos de pensamiento independiente: “ ¿voluntario? Si no imputan al yerno seguimos sin enterarnos ( alguien le respondió que seguìamos sin enterarnos también en ese momento)”,” ¿ la justicia igual? ¿Se investigaría al rey si los indicios le salpicaran a él?… “Y como es sabido que todos en ese reino eran iguales, estas dos personas fueron juzgadas por injurias a la corona. Y es que, aunque no os lo creais, algunos son menos iguales que los demás.

El tiempo pasó, la idea mil veces repetida fue calando,  las conciencias volvieron a anestesiarse, y colorín colorado todo siguió como siempre. El rey vivió feliz comiéndo perdiz rellena de  oro ( que por algo cobraba 30 veces el sueldo medio de sus súbditos) .

Sólo unos pocos súbditos se acostaban todas las noches preguntándose qué trabajo ejercería el rey para cobrar tamaño dineral, pero se dormían sin acabar la división matemática que les esclareciera a cuánto salía cada acto de representación regia.

Y es que, después de 16 horas buscando trabajo el cerebro no está para matemáticas.

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