Hablemos de violencia. Ibai Berrade


Días atrás hemos conocido el suicidio de una mujer de Barakaldo que se arrojó al vacío instantes antes de que el banco la desahuciara. Y sabemos que no es un caso aislado. Me pregunto si  la muerte de esta persona puede calificarse de suicidio o si es un asesinato indirecto ejecutado por la entidad bancaria, que fue arrinconando a  Amaia hasta dejarla sin alternativas de futuro digno, sin esperanzas para seguir adelante. No voy a entrar en este escrito a analizar el asqueroso proceder de la banca para con sus clientes, ni el matonismo pseudomafioso de estos bastardos que dejan sin techo pero con deudas vitalicias a aquel que no puede pagar su hipoteca.No. Aquí intento entender la pasividad de los políticos y analizar el derecho ( o el deber ) de los ciudadanos a responder a estas agresiones.

Decía Noam Chomsky que si quieres que los políticos te escuchen no puedes dirigirte a ellos cuando están ejerciendo como tal. Bajo esta frase subyace la deshumanización de la clase política, mucho más ocupada de proporcionar carnaza al monstruo capitalista que de dar respuesta a las demandas de la ciudadanía. Este servilismo ruin es, simplemente, incompatible con la adquisición de la empatía suficiente para responder a las necesidades del pueblo. Dicho crudamente, han mercantilizado el sistema, le han vendido la partitocracia al capital. Y no nos engañemos, las vacas sagradas reciben a cambio jugosos favores: puestos en grandes empresas, colocación de familiares/amigos en puestos de relevancia, trajes y minutas, pensiones vitalicias desorbitantes…

Para cerrar el círculo se han encargado de docilizar a la sociedad a través de planes educativos donde se impone la “dictadura de lo políticamente correcto”, en los cuales la respuesta a cualquier agresión recibida es reprimida como una ” mala” acción. Lo correcto es siempre comunicar la ofensa al “superior” ( en la escuela el profesor, en la edad adulta las autoridades dependientes del sistema), y él decidirá cuál es la reprimenda más adecuada en cada caso. Así el agredido aprende a asimilar la frustración y delegar en terceros la responsabilidad de decidir. Es el entrenamiento perfecto para esta mal llamada democracia.

Aprendemos que ejercer la violencia está mal, muy mal, que somos pésimas personas si echamos mano de ella por muy honda que haya sido la herida que nos han inflingido. Paralelamente se pervierte el concepto de  violencia desproveyéndolo de matices, simplificándolo a la agresión visible, ya sea física o verbal ( un manotazo, un insulto…).

El primer paso ya está dado, a partir de aquí estamos atrapados a perpetuidad en la trampa . Cualquier reacción que se escape de lo políticamente correcto será inmediatamente vilipendiada y servirá para desprestigiar sin remisión a la persona o movimiento que la haya realizado. Se nos infantiliza de por vida.

En este punto quiero traer a colación un término que acuñó ( o al menos fue a él al primero que se lo leí) Mario Benedetti: ” violencia estructural”.

Con este concepto hacía referencia a otro tipo de violencia, perversamente invisible en las formas pero cruel en sus consecuencias. Es la violencia “indirecta” ( no te pegan, no sangras…a no ser que respondas) que los aparatos del estado ejercen contra los ciudadanos. Es invisible porque no es una violencia al uso, no se ven agresiones físicas directas que el gran público pueda percibir o clasificar en el concepto que de la violencia se tiene. Es perversa porque, por un lado, no puede ponérsele cara al agresor, no puedes acusar una persona física de la vejación recibida, por lo que la responsabilidad última se diluye en la confusa nebulosa de ese  ente impersonal llamado sistema. Por otro, porque antes de agreder maniata al agredido: la tropelía es realizada al amparo de alguna ley que asegura impunidad al agresor e imposibilita la defensa del agredido.

Los que ocupan la cúspide de la pirámide vivirán siempre tranquilos mientras a la inmensísima mayoría que formamos la base sufrimos las consecuencias de sus decisiones.

Pero ocurre que cuando el ser humano se siente intocable, inmune a los acontecimientos, pierde el sentido de la medida y acaba cometiendo actos tan inmensamente flagrantes que incluso el rebaño más adoctrinado  toma conciencia de los desmanes. Y se siente atacado.

Ha tenido que empezar a suicidarse gente  para que los políticos se plantearan la necesidad de cambiar una ley y una dinámica que bien pudiera calificarse de caníbal. Se han dado cuenta de que el suicidio de sus vecinos puede encender el ánimo y la conciencia de la gente hasta el punto de entrar en ebullición y volverse incontrolable. Quizás empiecen a temer por el status quo, y entonces actúan. No por humanidad, todavía ni siquiera por miedo, de momento sólo a cambio de votos.

Es importante tomar conciencia de que los desahucios sólo son una de las múltiples consecuencias de esta gran ofensiva emprendida por el capitalismo salvaje.

Los políticos se topan ahora con varios problemas y alguna paradoja: tras años de lejanía hacia la problemática real de la populación y de crear un entramado jurídico-legal parcial donde la balanza casi siempre se vence hacia el lado de los especuladores y usureros, la credibilidad apriorística de sus acciones es prácticamente nula, por lo que el filtro de aceptación popular por la que sus decisiones tendrán que pasar será cada vez más estrecho. En la primera premisa de este argumento se halla la razón de la desconfianza creciente que gran parte de la ciudadanía siente hacia la clase política y las decisiones que toma. La intuición general es la de que las medidas que se decidirán irán destinadas a aplacar la visibilidad de las consecuencias de los desahucios en vez de a abordar un cambio estructural. Se trata, al fin y al cabo, de intentar calmar la ola de indignación y enfado que crece cada día más en el ciudadano de a pie. Dicho de otro modo, quieren evitar que el enfado se convierta en ira. Porque la ira, cuando es demasiado grande, no puede reprimirse y se exterioriza en forma de violencia. Saben perfectamente que la desesperación empuja al individuo a cometer actos que en estado de estabilidad la razón reprimiría. La ecuación es fácil: un acto desesperado-iracundo-violento aislado es fácilmente controlable ¿ Pero cómo controlar una sociedad si los actos de esta índole se generalizan?

En estos últimos meses me ha venido varias veces a la cabeza un pensamiento: puede que algunas personas desahuciadas lleguen a plantearse que les sale más rentable vivir encarceladas ( techo, cama y comida) que fuera de sus casas, a la intemperie y sin posibilidades de sustento. Y entonces…

Al hilo de esto recuerdo varias respuestas esquivas que en un informativo algunas personas dieron al preguntárseles la opinión sobre la quema de una sucursal bancaria que un vecino suyo había efectuado tras ser desahuciado. Me llamaron poderosamente la atención la expresión corporal de alguno de los entrevistados y los atisbos de comprensión y empatía que se filtraban entre las hendiduras de su “discurso público”. Era evidente que sabían dónde y sobre qué estaban hablando: en una televisión donde millones de personas oirían lo que decían y sobre un tabú espinoso (violencia directa como respuesta a la violencia estructural) que podía acarrearles problemas. Como consecuencia del contexto vestían su discurso interno con un disfraz políticamente correcto acorde a los principios morales que socialmente se consideran óptimos. Este tipo de muestras  de solidaridad, ( aunque fueran veladas) ante un acto violento eran prácticamente impensables hace sólo 6 ó 7 años.

¿ Se imaginan qué pasaría si todos los que entendemos la reacción de este hombre actuásemos como él? ¿ Se imaginan qué pasaría si las personas que van a ser desahuciadas y su entorno, en vez de optar por la resignación o el suicidio eligieran responder violentamente a la violencia estructural?

Hay que tener en cuenta que la ciudadanía no tiene herramientas para poner coto a los tiburones que la depreda, y que sólo la clase política puede regular y frenar a esta inmensa picadora de carne humana. Pero para ello tienen que recuperar el poder de decisión que en el pasado vendieron, y sólo lo harán obligados por la acción de masas.

Urge un cambio estructural en el sistema y la recuperación del equilibrio entre las distintas esferas que ostentan y administran el poder. Y urge hacerlo antes de que el enfado se convierta en ira. Antes de que el miedo deje de ser unidireccional para ser de ida y vuelta. Antes de que las calles ardan. Antes de que la sociedad se sienta obligada a ejercer de contrapoder. Que la política y la banca abran los ojos y los oídos, que vean y escuchen. Y que lo hagan de inmediato.

Ya habéis empujado ventana abajo a tres personas. No nos empujéis a todos a ser como vosotros pero contra vosotros. Dejad de actuar como salvajes y civilizaos. Es vuestra responsabilidad que la masa no decida hacer suya la única ley que rige los mercados. No, no hablo ni de la oferta y la demanda ni de la mano invisible.

¿ Os imagináis acaso gobernando una selva?

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s