Biorritmos. Mikel Aguilar


No es el sábado a las seis una buena hora para casi nada. Recién levantado de la siesta, sin ganas de beber cerveza pero tampoco café, tienes que desplazarte al bar más cercano a ver el partido del Athletic, con la esperanza al menos de que haya sitio para sentarse entre partidas de mus y animadas charlas del corazón.

En una semana en la que se ha consultado al premio Nobel de Economía para establecer los criterios de ubicación de socios en el nuevo campo, a nadie se le ha ocurrido consultar al Nobel de Matemáticas acerca de la probabilidad de ganar alguno de los partidos que restan. Imagino la tranquilidad de la parroquia rojiblanca ante la irrefutable fórmula que establezca que el Athletic sacará 16,285 puntos de aquí a final de temporada.

Y es que es difícil de explicar el desarrollo de los partidos del Athletic. Es eso que acontece entre mucha posesión sazonada con un catalogo de tremendos errores en ambas áreas. Inexplicable es que en un sistema de marcaje al hombre en tu campo, el delantero rival este sólo y marque gol fallando el remate. Casi tanto como que tu delantero, infalible hasta la fecha, remate bien y falle un gol tan claro como la camiseta del Málaga.

El Athletic acumula desesperanzas porque sin hacerlo mal no acaba bien, y haciéndolo bien acaba mal. Y cuando se sucede jornada tras jornada, uno no sabe si reír, llorar, mirar a la próxima temporada o consolarse con la anterior. No sé ya si el fútbol es justo o injusto con el Athletic, pero el tiempo, en forma de jornadas, va dejando fantasmas en un armario que nadie quiere desempolvar.

Nos pasaremos la semana buscando inocentes y culpables, tratando de dar sentido a argumentos más cercanos al azar que a la razón, pero sin lugar a dudas no todo lo que no se puede explicar es responsabilidad de la fortuna. Quizás sea clave que a estas alturas del año sólo seis jugadores hayan hecho gol cuando el año pasado lo hicieron catorce. Quizás sea clave que Aduriz lleve cuatro partidos sin ver al portero rival mirar hacia sus redes. Quizás sea clave que jugadores estelares una jornada parecen el meteorito que cayó en Rusia la jornada siguiente. O quizás la clave no esté en lo físico, ni en lo técnico, ni en el diseño del sistema en una pizarra magnética. Quizás todo se pueda explicar por eso que llaman los estados de ánimo, las inercias, la calma mental, el stress, la duda y en definitiva, el miedo. Este equipo, el año pasado eran los Bad Boys que miraban al mundo mientras se lo comían, sin complejos ni vergüenzas. Atacaban a la velocidad que defendían, los goles se sucedían en orden a un gran número de ocasiones. Pero un día les golpearon con violencia y al otro también, y las heridas de la cara cicatrizan a la velocidad de una lesión de pubis, pero las heridas del recuerdo permanecen mucho más tiempo, tanto que impiden volver a los mismos bares y pasear por las mismas calles. Esas heridas tardan en curar, porque la confianza se mina, las piernas tiemblan y la portería se encoge incluso en tu propia casa.

La semana volverá a ser atípica. San Mamés el campo más histórico de primera división, que tanto ha hecho por el puro y la copa de los domingos a las cinco, se verá obligado a acoger el futbol de los viernes. Puede que el equipo gane tres a cero, o pierda cero a tres, lo que es seguro es que puede pasar cualquier cosa, y precisamente, el Athletic necesita que este año ya no pase nada.

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