Marijaia. Mikel AT


Gracias a los televidentes asiáticos, a las selecciones o a la unificación de calendarios de Platini, la primera jornada de liga lleva años coincidiendo con las fiestas de Bilbao. Poco importa que sean unos días más propicios para que el Tour suene de música de fondo en las largas siestas de verano y que los partidos a las once de la noche lleven más gente a la cama que al campo.

Estas jornadas de agosto dan pereza, son partidos de pretemporada con puntos en juego, no sirven para nada más que para ir cumplimentando una clasificación que llegada la jornada cuatro, cuando todo el país desde su trabajo o su paro habitual ojee la prensa deportiva el lunes, comience a maldecir sobre fichajes impronunciables, entrenadores que iban a ser revelación y van a ser relevados, o sobre presidentes que se guardan el dinero.

Y en estas un Athletic que empezaba a despertar las primeras dudas, dio las primeras patadas a un balón poco después de que saliera Marijaia a un balcón sin txupinera.  Y es que quizás fuera el kalimotxo que ya corría por Bilbao a esas horas, pero el partido mostró otro Athletic.

Un Athletic que tuvo menos posesión que su rival, que no fue sancionado con tarjeta alguna y sobre todo, que en tres remates a puerta metió dos goles. Hubo quien preguntó a Marijaia si recordaba semejante estadística en un inicio de Liga, a lo que esta respondió con una sonrisa.

Una sonrisa en forma de tres puntos que no indica nada, pero se quedan en el casillero. Comenzó el Athletic más o menos como se esperaba, dando sensación de equipo que domina hasta los tres cuartos de campo, donde las ocasiones quedan en el limbo de lo que pudo ser y no fue. Pero en una de esas, Herrera se inventa un taconazo mágico, para que Beñat vea a Susaeta  paseando por el área, y mientras este miraba de reojo si era fuera de juego, hizo lo que Shankly pidió: Si estás en el área y no estás seguro de qué hacer con el balón, mételo en la portería y después discutiremos las opciones. Y vaya que si la metió.

Mientras Bilbao saltaba vertiendo los katxis sobre las camisetas del resto, Ebert, ese jugador alemán de extraño peinado aprovechaba que Gurpegi y Ekiza se fueron de viaje fuera de su área para poner la bola lejos del alcance de la duda entre Gorka y Herrerin. El descanso, hora propicia para el bocadillo de txosna, provocó que muchos no vieran a Munian,  sí Muniain, reconciliarse con el gol aprovechando un auto remate de un defensa para hacer el definitivo segundo tanto.

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Y es que el partido no tuvo mucha más historia, fue eso que rodeó tres goles aislados en un juego carente de ocasiones y que sirvió para sacar pocas conclusiones. Sí cabe destacar la sociedad Herrera – Beñat. El primero es un inventor de esto, un poeta, un creador de pases inimaginables, de jugadas imposibles, el que pone el tacón donde otros ponen el interior, el que busca apoyos para causas pérdidas. Mientras que Beñat es un escritor de literatura, con sus párrafos y sus renglones nunca torcidos. Ese futbolista que tiene la extraña habilidad de pasar a otro de su equipo. El que tira el balón en largo y en corto, el que saca las faltas a la cabeza, y cuando los focos alumbran va tranquilamente hacia su campo.

Y mientras la noche se iba haciendo más noche en Bilbao, con más alcohol que ideas en la cabeza los bilbaínos sacaban brillo al partido, y Marijaia sonreía sabiamente.

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