La estadística que nunca se rompe. Eñaut Barandiaran


El empleado encargado de abrir Lezama se encontró las puertas de las oficinas del primer equipo entreabiertas, pese a que aun era muy temprano,  y a Valverde en su despacho, con cara de lunes, revolviendo libros y papeles de su escritorio, en busca de algo que parecía resistirse a aparecer.

Al verle asomar por el pasillo, el míster rojiblanco le pregunto, sin mediar saludo de por medio -cosa poco habitual en él- si tenían listín telefónico o páginas amarillas. El empleado, sorprendido por la brusquedad en una persona de trato tan amable, le respondió que sí, guardándose los comentarios que tenía preparados sobre el partido de Sevilla entre el paladar y la lengua. Solía ser habitual que Valverde y él charlaran sobre el encuentro del fin de semana mientras el resto de trabajadores de la factoría llegaban, y en esas breves charlas trataba de ser educado, pero no adulador, humilde, aunque incisivo, y constructivo en la crítica,  sin llegar a ser pelota; El partido del Sánchez Pizjuan le había gustado mucho, el Athletic había demostrado hechuras de equipo grande, con un dominio aplastante en varias fases del partido, pero había echado en falta cierta profundidad en la segunda parte,  y mayor premura en los cambios.  Algo así tenía pensado decirle, pero visto como estaba el panorama, prefirió mantener un discreto silencio mientras le entregaba las guías telefónicas que había ido a coger a secretaria, para acto seguido marcharse al exterior a abrir el resto de las instalaciones.

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Valverde, mientras, se sentó  delante del ordenador, y comenzó a buscar en internet los nombres que sacaba de las páginas amarillas. Tras subrayar varios  nombres  los escribió en un papel, y cogió el teléfono inalámbrico. Marco el primer número de la lista,  dijo quien era, y le colgaron ipso facto. El segundo interlocutor fue más comprensivo, y al mencionarle el entrenador rojiblanco lo que quería, escucho una carcajada al otro lado del hilo telefónico, y su interlocutor le contesto que se dedicaba al coaching, no a los milagros, y que llamara a Sandro Rey. La tercera llamada tampoco mejoro mucho la cosa, y un tipo de voz almibarada le aseguro que solucionaría el problema en cien frases hechas, cada una de las cuales costaba mil euros, excepto las tres primeras, que eran gratis: “Si no eres parte del problema no eres parte de la solución”, “unas veces aciertas… y otras aprendes”, y  “hakuna matata, vive y deja vivir”. Esta vez fue Valverde quien colgó el teléfono. A medida que iba tachando nombres, se dio cuenta de que a lo mejor el problema era irresoluble, momento en el que vio pasar a Larrazábal por el pasillo:

–          ¿Cuántos años tiene tu hijo?- le pregunto asomándose por la puerta.

–          …. ¿Por qué?-.

A Valverde le vino una estadística a la cabeza:  de los últimos 61 penaltis lanzados, 26 fallados.

–          No, por nada, por nada- y Valverde se puso a buscar el teléfono de Sandro Rey.

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