A cámara lenta. Eñaut Barandiaran


El uso de las cámaras súper lentas está acabando con la poca naturalidad que quedaba en el fútbol. No hablo de las repeticiones de toda la vida, sino de eso planos hiper ralentizados en los que la cámara se mete entre las piernas de los jugadores para dilucidar si una jugada ha sido penalti, si el soplido del central en la nuca del delantero ha podido provocar el amago de infarto de este último,  si la leve rozadura en su tobillo derecho le ha podido generar un dolor tan intenso, profundo e irreversible, o el conato de cabezazo deriva definitivamente en un traumatismo craneoencefálico severo: determinar si un árbitro se ha equivocado o no en base a dos mil repeticiones distintas tomadas desde todos los ángulos posibles no es más que material inflamable en manos de quienes utilizan el juego como excusa para sus shows amarillistas.

Pero como cualquier adelanto tecnológico, es su utilización la que determina su utilidad, y si bien han supuesto una revolución para la moviola, también lo ha sido para la repetición de goles y acciones espectaculares. En la lente de una de esas cámara que capturan el aliento de los jugadores podríamos haber observado con más detalle la trayectoria del golpeo de Susaeta, la parábola perfecta que traza el balón de fuera hacia dentro, la curva imposible que convierte la ocasión perdida en un golazo a beneficio de inventario de Valverde, ya que las acciones de estrategia son de los pocos momentos  del juego que pertenecen más a los entrenadores que a los jugadores, y precisamente por ello generan tal fascinación en muchos de ellos.  Las acciones de estrategia tienen un extraño efector reparador en la autoestima de los entrenadores, sometidos a tantos estímulos externos negativos. Cuando un equipo marca un gol de estrategia -y es un fenómeno curioso- casi todas las loas se dirigen  hacia el banquillo, pese a que, como en el caso del gol de Susaeta, sea su excelente golpeo el que determina el éxito de la acción. El entrenador sonríe, ufano, o asiente, humilde, pero se siente, en el fondo, como el más listo de la clase, como si con su pericia hubiera conseguido meter el caballo en Troya sin levantar sospechas. Seguro que una de esas cámaras súper lentas hubiera podido captar el gesto de satisfacción de Valverde tras ese 1-0, a la postre definitivo.

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