En el fútbol todo esta inventado. Eñaut Barandiaran


Año 2013. En cualquier campo de cualquier pequeña población de Bizkaia hay un chaval de apenas nueve o diez años, más bajito y delgado que sus compañeros por lo general, dos piernas finas como alambres y una camiseta demasiado larga que asoma por debajo del pantalón corto, al que acaba de llegarle un melón de tamaño 4 en forma de pase.

Mientras acomoda su cuerpo al proyectil y lo acaricia con el interior de su pie izquierdo tratando de domarlo, observa la silueta amenazante de una mole de su misma edad biológica, pero que parece salida del cretácico superior; Avanza a su encuentro con el rostro desencajado por el esfuerzo de mover una maquinaria demasiado pesada para una musculatura y un cerebro de apenas dos lustros, y tiene la mirada inyectada en sangre color piruleta fija en la pieza de fruta que mediante un laborioso truco de prestidigitación conocido como control orientado se ha convertido en un balón de fútbol 7. Por mucho que David mira alrededor buscando alguna solución rápida, un compañero desmarcado, todas las líneas de pase se encuentran apagadas o fuera de cobertura, y llega un momento en el que Goliat ocupa todo su campo de visión. Cada segundo que pasa el zoom va aumentando, Goliat crece en la misma proporción que decrece él, aunque no lo suficiente como para esfumarse, y el choque se avecina inminente. Ante la posibilidad cierta de ser arrollado, perspectiva preocupante, y perder el balón, hecho trágico, su cortex cerebral activa la alerta nivel Defcon 1, y en apenas unas milésimas de segundo rastrea toda su voluminosa -pese a su corta edad- enciclopedia futbolística de regates hasta encontrar una solución en apariencia genial: una elástica. Te la enseño dentro con el interior, y cuando quieras robármela –pardillo- te la saco fuera con la punta de la bota, quizá hasta de caño. Visto y no visto. Ahora esta, ahora no. Rivelinho, Ronaldo Nazario, Ronaldinho… y él. Percibe, decide y ejecuta. Su entrenador no dejar de repetírselo. Percibe, decide y…

– ¡Así vas a aprender, a base de golpes! ¡Juega fácil!- le espeta su entrenador unos segundos más tarde, mientras le ofrece su mano para levantarse, tras haber sido arrollado por el Tiranosaurio Rex, quien acto seguido ha lanzado el balón al río más cercano.
Se levanta, dolorido, con un moratón muy grande en el orgullo, al verse expulsado del Olimpo de los regateadores brasileños. Recupera su sitio en el campo, tratando de comprender qué ha podido fallar, inmerso, sin ni siquiera saberlo, en su primer conato de angustia existencial, mientras el entrenador apostilla, como aviso para navegantes:
– ¡Que en el fútbol está todo inventado!-.
Hacia el año 1200 a.c dos facciones mayas rivales dirimen sus diferencias sustituyendo las armas por el juego de pelota, en un Tzichen Itza abarrotado. El juego de pelota es una especie de ancestral vóleibol sin red, jugado en un campo largo y estrecho, con paredes laterales utilizadas para que la pelota no salga del campo, de una de las cuales pende un aro de piedra. El objetivo de los dos equipos enfrentados es o bien conseguir que el equipo rival no devuelva la pesada pelota (más de 2 kilogramos), o bien introducirla por el aro, momento en el que el juego termina, todo ello con la dificultad añadida de que solo se puede golpear la pelota con la cadera o los antebrazos. La contienda dura ya más de tres horas, y a Ehécatl (viento en la traducción al castellano) cada vez le cuesta más concentrarse: pese a su juventud y vigor -no pasa de la quincena- comienza a estar agotado. Un sol literalmente abrasador apenas le deja ver la pelota, el taparrabos le roza al contacto con el sudor, tiene las piernas y los codos llenos de rozaduras, y siente un intenso dolor en la parte inferior de la barriga cada vez que golpea la pelota con la cadera. Por si todo esto fuera poco, ni siquiera sabe si ella estará en la grada, y la perspectiva de perder el “juego”, curiosa acepción teniendo en cuenta que se están jugando la vida -reflexiona para sí-, no ayuda a mantener la calma. Situado al fondo del campo, Ehécatl lleva un rato sin participar, y eso, lejos de aliviarle, no hace sino aumentar su abotargamiento, una pesadez que se va apoderando de todos sus músculos. Escucha el sonido de la pelota al contacto con el antebrazo, duro y seco, contra la cadera, flácido y doloroso, y sigue su alocado trayecto con la mirada, hipnotizado por sus botes y rebotes, pero en realidad, ni ve ni escucha, presa de la insolación. Por eso, cuando observa, sin atisbo de reacción, como la pelota vuela hacia su posición, no se mueve ni hace amago de devolverla, hasta que un compañero le empuja en dirección al cuero, y se encuentra con el esférico bajo su cuerpo, a la altura del tobillo. Sin tiempo para reaccionar, y consciente de que si la pelota deja de botar habrán perdido algo más que un juego, Ehécatl hace lo único que se le ocurre para salir de tan complicado trance: impacta con su pie derecho contra la pelota, con todas sus fuerzas. Al instante escucha el crujido de su pie rompiéndose en mil pedazos, pero lo más extraordinario sucede a continuación; la pelota coge vuelo hacia el lateral de una de las paredes, y de forma absolutamente sorprendente y extraordinaria, entra por el aro. El público prorrumpe en vítores y reproches a partes iguales, el equipo de Ehécatl reclama la victoria, sus rivales exigen una descalificación inmediata, y se cruzan terribles amenazas. En medio del tumulto, el juez del partido, un vigoroso anciano de rostro hirsuto, pide la palabra, y poco a poco la algarabía va arreciando, hasta que un silencio expectante se apodera del campo:

– No ha valido. No se puede golpear con el pie ¡Que en el juego de pelota está todo inventado!-.

1894. Londres. El señor Honeyball recorre el apenas medio kilómetro desde su casa hasta el campo de fútbol degustando una pipa bien cargada de la que asoma un humo tan negro como el procedente de las fabricas colindantes. A pesar de que el paisaje no ofrezca demasiadas alegrías al espectador neutral, para el señor Honeyball las fundiciones y acererías, el humo negro, el hollín y los trabajadores de rostro ennegrecido y ropa raída son sinónimo de progreso para un país en constante evolución como Inglaterra. Frente a las fuerzas regresivas que pretenden mantener a la nación en la Edad Media y reniegan de cualquier avance tecnológico, el señor Honeyball es un firme defensor del progreso y la industrialización, y se vanagloria de ello en cuanto se le presenta la ocasión. Él mismo tiene una pujante fundición, nacida de su esfuerzo y empuje empresarial, cuya producción y plantilla va en aumento mes a mes. De entre la veintena de trabajadores, más de la mitad juegan en el club de fútbol del barrio, el Derby United, del que el señor Honeyball es cofundador y orgulloso presidente. De hecho, los últimos refuerzos del equipo han llegado a condición de asegurarles un empleo en la boyante fundición, y con esta innovadora política de captación el Derby United ha ganado sus últimos nueve partidos ante equipos locales, convirtiéndose así en el rival a batir dentro de los clubes de Londres, circunstancia que agrada sobremanera al señor Honeyball. Absorto en tan dulces pensamientos, el señor Honeyball no advierte la llegada de su segundo de a bordo en el Derby, el diminuto e iracundo señor Norris, que agita la edición de tarde de un periódico local ante sus mismas narices, si no fuera porque el señor Norris tan solo le llega hasta el cuello de la camisa.
– ¡Intolerable, intolerable!-.
– ¿Qué sucede Norris?- pregunta el señor Honeyball, algo aturdido aun por la enérgica llegada de su pequeño amigo.
El señor Norris abre el periódico por una página central y lo agita frenéticamente, mientras no deja de repetir la palabra “intolerable”. El señor Honeyball le arranca el periódico de las manos y lee en grandes titulares: “En el sur de Australia, las mujeres logran por primera vez el derecho al voto y a ser elegidas en el Parlamento”. – No lo entiendo Norris, no le tenía a usted por un retrogrado. Es una gran noticia para los que creemos en el progreso de la raza humana y la igualdad…-.
El señor Norris interrumpe la perorata del señor Honeyball señalando un anuncio inserto en la parte inferior de la página: “Se buscan mujeres para formar el British Ladies Football Club, primer equipo femenino de la nación. Las voluntarias deben presentarse en el campo del Derby United el 20 del corriente a las 17 horas”. Al señor Honeyball se le atraganta la pipa al leer el anuncio, y su rostro bovino de palidez lechosa adquiere una tonalidad rubicunda y airada: – ¡Maldita sea Norris! ¿Aún seguimos con esto? ¿Pero es que estamos locos? ¡Un equipo de mujeres, por el amor del cielo!-.
– Intolerable, intolerable-.
El señor Honeyball trata de recuperar el resuello, e inspira profundamente intentando hacer circular el humo que se le ha estancado en los pulmones. Tras unos segundos de reflexión, recupera su vena más flemática: – En realidad, Norris, no tenemos de qué preocuparnos, dudo que nadie responda al anuncio-.
El señor Norris, sin mediar palabra, lo agarra del brazo y lo lleva en volandas hasta la puerta del campo, donde les espera una comitiva de unas treinta jóvenes y muy enfadadas mujeres. Una de ellas, la que parece la cabecilla del grupo, sale a su encuentro: – Compañeras, aquí les presento al señor Norris y al señor Honeyball, los dos caballeros que quieren impedirnos formar nuestro equipo-.
– Señorita Honeyball, no es exactamente así, simplemente decimos que…-.                                                              – Intolerable, intolerable-.                                                                                                                                                               – Señor Honeyball, usted me dijo que si conseguía reunir un número suficiente de mujeres podríamos formar el equipo ¿Cuál es su pretexto ahora?-.

– No recuerdo haber dicho tal cosa, además…-.
– ¡Es una locura! ¿Ya lo dijo usted, verdad, señor Honeyball?
– Cállese Norris, por Dios, nos las provoque…-.
– ¿De verdad que dijiste eso papá? Porque no creo que a mamá le guste escucharlo-.
– Escucha hija, digo, señorita Honeyball, es un tema muy complicado, necesitaremos tiempo…-.
– No hay tiempo, y es muy sencillo, ¿hay equipo, o no hay equipo?-.
– ¿Norris?-.
– Intolerable, intole…-.
– ¿Quien ha golpeado al pobre Norris? Violencia no, por favor…-.
– Pueden agredirme cuanto quieran, pero ya lo dijo el señor Honeyball la primera vez, ¡En el fútbol está ya todo inventado! ¿Verdad señor Honeyball? ¿Señor Honeyball? Señor Honeyballlllll… ¿A dónde va? ¡Se le ha caído la pipa!-.

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