Lección número 1. Eñaut Barandiaran


Comentaba Luis Enrique en la previa de su debut ante el Hapoel que “unas estrellitas más o menos y un himno” no hacían que estuviera “más nervioso”, y que el partido de Champions le parecía tan importante, pero no más, que cualquier otro de Liga. Dentro de esta competición, como en todas, siempre ha habido clases, y mientras existe un selecto abanico de equipos para los cuales la fase de grupos es el mínimo exigible, una obligación deportiva y económica consustancial a su poderío tanto dentro como fuera del campo, todos los años se cuelan entre estos trasatlánticos clubes a los que unas estrellitas más o menos y un himno grandilocuente les suena a gloria bendita, justificando esa liturgia pre partido el trabajo de toda una temporada. En el caso del Athletic, ha tenido que pasar una adolescencia entera, 16 años contantes y sonantes, para volver a situar su nombre entre otros mucho más habituales, como el del Shaktar. Celebrado el sorteo, quien más quien menos se situó en un escenario de octavos de final, al fin y al cabo ninguno de los rivales tenía “mucho nombre”, y en San Mames iban a “caer como moscas”, olvidando consciente o inconscientemente que equipos como el ucraniano se conocen la música y la letra de esta competición al dedillo. Supongo que dentro de la entidad no calaría el mensaje triunfalista de una afición instalada, con toda lógica, han pasado un porrón de años, en el exceso, pero anoche se vio que el Athletic, pese a jugar en casa, no se sintió cómodo en ningún momento, como si se le hubieran fundido varias bombillas y les hubieran cambiado las cosas de sitio. Jugaron el partido a tientas, torpes, nerviosos e imprecisos desde un principio, chocándose con los muebles, resbalándose con las alfombras y mojándose con los grifos que se abren a chorretones, incapaces de acomodarse en los huecos del sofá mientras el rival te lo pone todo patas arriba, te monta una fiesta y lo deja todo sin recoger. Trasmite el Shaktar la sensación de ser al fútbol lo que el banco malo a la especulación financiera, y aun siendo un equipo de plenas garantías y con buenos jugadores, sus brasileños son un sí pero no. Solo eso, y una reconfortante solvencia defensiva, explican que el Athletic pudiera rascar un punto en un escenario en el que parecía que iban a perpetrarse delitos más graves que una fiesta a deshoras.

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Primera jornada, primer punto, y primera lección:  en la Champions no todo son luces, himnos y estrellas. A la mínima, te roban la cartera.

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