Un mar de fueguitos versión futbolera (Basado en el texto “El mundo” de Eduardo Galeano). Eñaut Barandiaran


No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. El Real Madrid es fuego grande, gigante, una pira en constante combustión que se alimenta por igual de ambición, megalomanía, dinero, poder y gloria deportiva. Es fuego de palet y gasolina, devastador en la victoria, para su contrincante, pero también en la derrota, para sí mismo. El Athletic, ante el Real Madrid, es fuego chico, lumbre casera, de chapa o fuego bajo, de leña cortada, apilada y secada por el sol de la primavera anterior, menos espectacular, pero más duradera, de la que parece que se apagará en el minuto 15, por esa mentira del cansancio físico y la fatiga acumulada,  pero aguanta firme todo el partido, y cuando flaquea recibe fuelle de las bufandas al viento de San Mames, fuego de todos los colores, principalmente el rojo y el blanco.

Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Iraola es fuego sereno, un medio centro que lleva más de una década ordenando el juego del Athletic desde el costado derecho. Acosaban los merengues en la segunda parte, y Valverde decidió remodelar el medio campo metiendo más materia gris en lugar de musculo. Ocupó Iraola el medio centro, una jugada valiente, una jugada maestra, se asoció con Beñat, fuego sereno también, y juntos le dieron la pausa y el criterio que el equipo demandaba para no pasar apuros. Munain, Williams y Aduriz, por el contrario, son fuego loco, que llena el aire de chispas. Entre los tres volvieron loca a la defensa del hace pocos meses autoproclamado como uno de los mejores equipos de la historia. Fuego sereno y fuego loco al servicio de un sueño en apariencia loco, y en la realidad muy sereno.   

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Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende. Los merengues fueron fuego bobo, ni alumbraron ni quemaron, y los leones todo lo contrario, fuego del que arde la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.  ¡ Y vaya si nos encendimos!

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