Fútbol y rock’n’roll


“El rock’n’roll es escribir una canción como si fuera la primera y cantarla como si fuera la última”. Lo dice Yosi, cantante de Los Suaves, en una entrevista reciente, al hilo de su gira de despedida. El fútbol, en realidad, tampoco es tan distinto: se trata de jugar cada partido como si fuera el primero, y celebrar cada victoria como si fuera la última. En ambos casos, de poco sirve todo el trabajo previo y las horas de esfuerzo, el talento y la dedicación puestos al servicio de una idea,  el tiempo invertido en el ensayo y error, si después la puesta en escena resulta deficiente, o el público no hace suya la canción. La canción de Valverde en este primer tramo del campeonato están siendo las rotaciones. En boca de las aficionadas se ha convertido en una palabra maldita, casi tabú. Se habla de ella con temor reverencial, como si el simple hecho de mentarla invocara pesadillas burtonianas.

Las rotaciones son nuestra Rosebud particular: defensores, detractores y advenedizos se afanan por analizar, clasificar y categorizar las características de este mal del fútbol moderno,  y cuando llegamos al punto de creer que sabemos lo que son, de conocer su esencia, un nuevo giro en la trama nos saca de nuestro error y nos vuelve a sumir en el desconcierto: ¿Son las rotaciones un plan de pensiones, la promesa de un futuro mejor, la garantía, al fin y al cabo, de que el Athletic llegue a final de temporada con resuello suficiente para cumplir los objetivos previamente establecidos? Quien afirma que sí, pone como ejemplo la temporada pasada, obviando el calamitoso inicio de liga, o la desangelada fase de grupos de la Champions League. Sus detractores utilizan el mismo guion, pero argumentando en sentido contrario. Es decir, ¿qué sentido tienen  las planificaciones a medio o largo plazo cuando en la élite solo existe el presente, contando además con un precedente cercano, en el que el equipo dedicó toda la segunda vuelta a corregir el desastre del primer tramo liguero? Ambas son, a día de hoy, preguntas sin una respuesta concluyente. El balón pondrá a cada cual en su sitio. Al fin y al cabo, es el único que no rota.

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No se discute tan solo el por qué, sino también el cómo. En este punto la unanimidad tampoco es mayor. Valverde funciona con los no habituales como cualquier subcontrata de medio pelo: empleo precario, mal pagado (deportivamente hablando, se entiende), y de escasa duración. Convendría detenerse a repasar la hemeroteca, para comprobar como bastantes sindicalistas de conveniencia, de los que se pasaban el día penando por el trato supuestamente vejatorio del argentino a los nunca habituales, aluden ahora a la profesionalidad de los Viguera, Sola etc, en su condición de jugadores de élite, para no pasarles ni una a ellos, y a su vez demostrar con el técnico actual una manga ancha por la que cabría el canal de Suez. Infantería al pie de los caballos en Alkmaar, artillería pesada ante el Valencia.  Destacar en esas circunstancias no parece nada sencillo. Suficiente con sobrevivir y no ser señalado. Para el técnico del Athletic no es nada personal, solo negocios. Hay quien afirma que las rotaciones, entre otras cosas, nos llevaron hasta la final de copa ante el Barcelona. Sería tanto como asegurar que la ausencia de ellas, entre otras cosas, nos condujo hasta las dos finales de la primera temporada de Bielsa, pasando por la inolvidable noche de Old Trafford.

El catálogo de supuestos para defender la ausencia de rotaciones, o su implantación radical, es variada y diversa, y las opiniones a favor y en contra también han ido rotando al vaivén del tiempo. El término medio no parece una opción. Nunca lo es. Ni en el fútbol, ni en el rock’n’roll.

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