Cuatro gotas de una sola nube.


No hay tormenta épica que se precie, que no comience con alguien anunciado que “eso es una nube”, o “van a caer cuatro gotas”. Existen versiones apócrifas de la Biblia en las que Noé, estando en la taberna con sus amigos un sábado cualquiera, comenta algo similar mientras ven el partido de segunda B de Etb1. Así como un zahorí es capaz de encontrar agua hasta en los secarrales más recónditos de la tierra, estos meteorólogos vocacionales tienen el don de predecir justo lo contrario a lo que va a suceder, con una certeza casi absoluta. Cuñados meteorológicos. Seguro que ayer en el Benito Villamarin los había a patadas, mezclándose con los cuñados futbolísticos, una combinación explosiva e imparable de obviedades y lugares comunes en modo metralleta. Mientras los primeros observaban el cielo encabritado comentando que “por allí está despejado”, en dirección a un lugar que probablemente solo exista en su imaginación, los segundos tranquilizaban a sus vecinas de asiento: “esto les va a durar un cuarto de hora, no van a aguantar así todo el partido”, “Williams corre mucho pero no hace nada más”, “ya verás en la primera contra que les cojamos”. Las dudas asociadas al Athletic, eran, hasta cierto punto, lógicas, al fin y al cabo su bagaje fuera de casa era más bien escaso, tanto en juego como en sensaciones, pese a que la reciente visita a Belgrado anunciaba riesgo de tormenta para el Betis.

No lo vieron venir. Nosotros tampoco. Con el transcurso de los minutos, a medida que el baño fue sustanciándose de forma por momentos casi obscena, la única preocupación para el bando rojiblanco estribaba en la cantidad de ocasiones que se estaban desperdiciando. Perdonar tanto en la élite no es propio de buen samaritano, sino de pardillo. Quien más quien menos empezó a acordarse de Riazor tras el gol del Betis. Comparación lógica en cuanto a lo cronológico, pero insultante en lo referente al juego. “¡Ha parado de llover!” gritaron los primeros tras el gol de Rubén Castro. “Ahora nos los comemos”, los segundos. Tanto los unos como los otros estaban equivocados. Una vez más. Como siempre. Siguió lloviendo, y bajo la nube del Benito Villamarin el Athletic cuajó uno de los mejores partidos a domicilio del último lustro. Un ejercicio de autoridad y buen juego sencillamente brillante.

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Richie McCaw, capitán de la selección neozelandesa de rugby, declaraba lo siguiente tras proclamarse campeón del mundo por segunda vez consecutiva: “Tienes que intentar pasarlo bien. Ganar es la recompensa última, pero lo divertido es el proceso. Tras el torneo tienes que ser capaz de reclinarte en el sofá y tener buenos recuerdos”. Convertir el fútbol en un juego, tal y como está montado, es casi milagroso. El Athletic lo consiguió anoche, y cómo lo disfrutamos, reclinados en el sofá, mientras nos mojaban  las cuatro gotas de una sola nube.

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