El futuro de la delantera del Athletic viene de la periferia.


Sabin Merino ha demostrado, hasta la fecha, mayor pericia con la cabeza que con los pies. Todo lo impreciso que está siendo en lides propias de un jugador de banda, ya sea en acciones de uno contra uno o en centros( a excepción hecha de su uno-dos a Dani Alves y posterior centro en la Súpercopa más súper de los últimos tiempos), se convierte en aplomo y eficacia a la hora de pisar aérea y rematar centros a media altura. Lo hizo ante el Real Madrid, a principio de liga,  y lo volvió a repetir anoche ante el advenedizo Olympique. Y es que, en realidad, Merino es un nueve reconvertido en siete por exigencias del guión, en una época de exceso de aforo de promesas de delanteros en las inferiores del Athletic. Adaptarse o morir.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que Lezama vivió una preocupante sequía de goleadores. Tan árido era el panorama, que ante la más que cantada marcha de Llorente y la incognita del regreso de Aduriz, el Athletic se lanzó a fichar cualquier promesa de gol surgida desde su entorno más cercano. Así llegaron Viguera, pitxitxi de segunda, y Kike Sola, que acababa de firmar su mejor registro goleador con Osasuna. Los rojiblancos llenaban el almacén de pólvora, con la esperanza de poder utilizarla cuando fuera necesaria. El plan, tan sencillo como sensato, consistía en paliar la marcha de Llorente estirando el chicle de Aduriz lo máximo posible, y utilizar a los dos fichajes para realizar una transición más o menos ordenada hasta la llegada de promesas en ciernes como Guillermo o Iñaki Williams.

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Apenas tres temporadas después, el panorama resulta tan complejo como sorprendente; Aduriz ha alcanzado el pico de forma más alto de su carrera a la tierna edad de 35 años, obligando a cualquier atisbo de competencia o bien a buscar protagonismo en el exilio -Guillermo y Kike Sola han salido cedidos-, o bien a orillarse sobre un costado para tener minutos, caso de Iñaki Williams por banda derecha y Sabin Merino por izquierda. En tierra de nadie queda Viguera, abocado a la irrelevancia más absoluta esta temporada, quizá el mayor damnificado por la irreductible apuesta de Valverde por el 1-4-2-3-1.

El futuro en la delantera del Athletic parece asegurado, y viene de la periferia.

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