Te jodes Messi, esta la he metido yo.


Messi es un jugador poco dado a lo ceremonial. Lleva el fútbol dentro, le fluye, natural, sin necesidad de atrezzo para cada cosa extraordinaria que hace pasar casi como si fuera de saldo. No parece que haya oído hablar del método Stanislavski, y tampoco que lo necesite. Su carrera se ha ido cimentando en la reinvención continua, en ser pero no estar, con muy poco apego por la cosas tangibles y materiales del fútbol, tales como las posiciones o los roles determinados, birlándonos la oportunidad de catalogarle con algún nombre sueco impronunciable: empezó como extremo imparable, después se convirtió en el falso nueve más auténtico de la era moderna, y ahora… Ahora, simplemente hace lo que le da la gana desde dónde le va apeteciendo en cada momento, y todo sin necesidad de adornarlo con parafernalia propia del show business en el que se ha convertido el fútbol moderno. De un tiempo a esta parte, además, le ha dado por adiestrarse en una de las artes más ceremoniales, y hasta hace un par de temporadas más desconocida para él: el lanzamiento de faltas.

Messi va camino –si no lo es ya- de convertirse en un gran especialista en la materia, sin una sola marca de agua que podamos asociar a sus lanzamientos, más allá de la superficie de golpeo, siempre la justa y necesaria para hacer diana cada vez con mayor frecuencia: ni besa el balón antes de colocarlo, es más, ni siquiera parece tratarlo con especial cariño, no cuenta los pasos al coger carrerilla, como mucho ese uno-dos antes de golpear, en todo caso nada que ver con la marcha militar de Cristiano Ronaldo o su compañero Neymar, y tampoco tiene un golpeo marca de la casa al estilo Roberto Carlos o Juninho Pernambucano. Al fin y al cabo, Messi, para marcar una falta, desprovisto su lanzamiento de todo artificio, como en casi cada cosa que hace -a excepción de sus declaraciones de la renta-, solo necesita dos cosas: un balón, y que Iraizoz esté delante. Nadie mejor que el portero del Athletic conoce el resultado de esa ecuación. Por ello es perfectamente lógico que Gorka no quisiera pasarse 90 minutos esperando a que sucediera lo inevitable. Para qué retrasarlo más, debió pensar, mientras introducía el 2-0 en su portería.

Te jodes, Messi, esta la he metido yo.

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