La canción pirata de Iker Muniain


Probablemente no fuera consciente de ello, pero con su gol de falta ante Las Palmas, Iker Munian no sólo puso en valor su hasta ahora inexplorada pierna derecha. Pese a ser una de las suertes más íntimas del fútbol, un desafío entre balón, barrera y portero sin música de Enio Morricone de fondo, ese lanzamiento, y ese gol, dan sentido a una reivindicación compartida por miles de futbolistas a lo largo y ancho de todo el mundo. Al fin y al cabo, el de Iker es el gol de todos esos piratas de pata de palo que habitan en todos y cada uno de los equipos de fútbol, desde los más humildes hasta el más rutilante. La chanza de Valverde en la rueda de prensa posterior al partido, “ahora tiene un cien por cien de acierto y vamos a tener que aguantarle toda la semana diciendo que es el lanzador oficial”, no hace sino confirmar que Iker no es más que -por mucho dinero o estatus futbolístico que tenga- uno de tantos pesados que cada viernes  ronda al entrenador, justo antes de acabar la sesión, como un perro en celo, pidiéndole “tirar unas faltas”. Si el entrenador está enfadado, como corresponde a cualquier entrenador que se precie (ser entrenador es, en sí mismo, un continuo motivo de enfado), probablemente le responda con un pabloalfaresco “para qué, si no la levantas del suelo”. Las pullas de entrenadores  y compañeros van en el sueldo del lanzador de faltas frustrado. Las asume, con mayor o menor naturalidad, dependiendo de cada caso, y alimentan un rencor que guarda bajo el colchón, como quien lo hace con los ahorros de toda una vida, a la espera del día en que pueda restregarle al mundo las telarañas de alguna portería rival en un día importante. Normalmente eso nunca sucede, la población arácnida no sufre daño alguno, (ninguna araña ha sido herida en la realización de esta nota, aclaro), y la terrible injusticia pasa a formar parte del catalogo de conspiraciones que explican por qué, en lugar de estar celebrando el gol junto a Iker, por ejemplo, está sentado, y sentando, cátedra en un bar cualquiera.

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Rupturas y rupturas


Comentaba el gran Jaime Ugarte en la tertulia post-partido de Bein Sports, un programa de fútbol donde, sorprendentemente, se habla de fútbol, que el Athletic es un equipo que no sabe especular. Estando en parte de acuerdo, matizaría la frase: el Athletic no es un bróker experto, de eso no hay duda, está a años luz de expertos en la materia, pero desde la llegada de Valverde está haciendo sus pinitos en la bolsa, perfeccionando año a año una fórmula que no es demasiado atractiva para las espectadoras, pero le permite gestionar temporadas cargadas de fechas en el calendario. Si alguien esperaba un homenaje de sus dos ex recientes a Marcelo Bielsa, se equivocó de ventanilla: Los rojiblancos jugaron con la vista puesta en San Mames, en el partido de vuelta, y a lo mejor, también, en el derbi del domingo, y los locales trataron al Athletic como un equipo grande ante el que conviene no despistarse, más preocupados por la supervivencia que por el arte y ensayo.

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A cámara lenta. Eñaut Barandiaran


El uso de las cámaras súper lentas está acabando con la poca naturalidad que quedaba en el fútbol. No hablo de las repeticiones de toda la vida, sino de eso planos hiper ralentizados en los que la cámara se mete entre las piernas de los jugadores para dilucidar si una jugada ha sido penalti, si el soplido del central en la nuca del delantero ha podido provocar el amago de infarto de este último,  si la leve rozadura en su tobillo derecho le ha podido generar un dolor tan intenso, profundo e irreversible, o el conato de cabezazo deriva definitivamente en un traumatismo craneoencefálico severo: determinar si un árbitro se ha equivocado o no en base a dos mil repeticiones distintas tomadas desde todos los ángulos posibles no es más que material inflamable en manos de quienes utilizan el juego como excusa para sus shows amarillistas.

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Gol de oro. Mikel Aguilar


Esas tres palabras sirvieron para poco más que dejar al Alavés o la República Checa sin unos títulos que engordaran sus humildes vitrinas.

Cuando la FIFA implantó el gol de oro pretendió con lógica que ante la oportunidad de una inmediata victoria, los equipos buscaran la portería rival con ahínco para proclamarse campeones, dando brillantez al espectáculo.

Sin embargo el ser humano, ante la posibilidad de ganar lo que le falta, inmediatamente piensa en la posibilidad de perder lo que le sobra. Y se vuelve tan conservador como una línea de seis hombres rodeando el área grande y despejando los balones allá de donde se tiró Baumgartner.

Y en esas llegó el Athletic a Pamplona, al hostil Sadar o Reyno de Navarra, dependiendo de si este mes han pagado la subvención, en busca de su gol de oro.

Si la última vez que escribí por estos lares era protagonista el Nobel de estadística, esta semana, no hubo quien parara a Corres, ni siquiera Iraizoz que retornaba a la portería vio venir esa bola en forma de globo sonda, que impactó de lleno en la sala de la rueda de prensa.

Con todos los focos del Sadar orientados a los paseos de Bielsa por un área técnica, menos técnica que nunca, dio comienzo uno de los Teixeira a un partido donde retornamos a la camiseta verde de Manchester.

Y pocas veces una camiseta se sintió tan extraña, comparando el partido de Manchester, éxtasis del Bielsismo, con el partido de Navarra.

El inicio demostró que el Athletic alberga más dudas sobre sí mismo que un adolescente ante su primer peinado con gomina. Nervioso e impreciso, la alta presión de Osasuna impidió que casi durante media hora el Athletic se reconociera. Un equipo tan necesitado de balón que se pasó la primera parte corriendo detrás de él.

Sin embargo la segunda, ante el alivio de no encajar gol alguno en cuarenta y cinco minutos, el equipo se fue tirando hacia arriba, y en esas, uno de los inverosímiles pases de Ibai, el único jugador que no juega a pie cambiado porque sus centros con el exterior son casi mejores que con el interior, le pone el balón a Susaeta donde tantas veces lo ha mandado a tribuna, pero esta vez, quizás sabiendo que el gol era de oro, lo marcó.

Y fue de oro, no porque se acabara ahí el partido, o porque los jugadores rivales se tirarán a llorar al suelo, sino porque valió tres puntos y un abrazo en el centro del campo catatónico, de final de Liga de Campeones, de quitarse más que una espina de encima, un hacha de verdugo.

Bien cierto es que el futbol no premió los méritos de unos y otros. Tiene razón Bielsa cuando dice que jugar bien acerca a la victoria, pero Victoria lleva todo el año empeñada en entregarse a los brazos del primero que pasa por su área, quizás harta de esperar ese apuesto galán que la coteja sin resultado