Te jodes Messi, esta la he metido yo.


Messi es un jugador poco dado a lo ceremonial. Lleva el fútbol dentro, le fluye, natural, sin necesidad de atrezzo para cada cosa extraordinaria que hace pasar casi como si fuera de saldo. No parece que haya oído hablar del método Stanislavski, y tampoco que lo necesite. Su carrera se ha ido cimentando en la reinvención continua, en ser pero no estar, con muy poco apego por la cosas tangibles y materiales del fútbol, tales como las posiciones o los roles determinados, birlándonos la oportunidad de catalogarle con algún nombre sueco impronunciable: empezó como extremo imparable, después se convirtió en el falso nueve más auténtico de la era moderna, y ahora… Ahora, simplemente hace lo que le da la gana desde dónde le va apeteciendo en cada momento, y todo sin necesidad de adornarlo con parafernalia propia del show business en el que se ha convertido el fútbol moderno. De un tiempo a esta parte, además, le ha dado por adiestrarse en una de las artes más ceremoniales, y hasta hace un par de temporadas más desconocida para él: el lanzamiento de faltas.

Messi va camino –si no lo es ya- de convertirse en un gran especialista en la materia, sin una sola marca de agua que podamos asociar a sus lanzamientos, más allá de la superficie de golpeo, siempre la justa y necesaria para hacer diana cada vez con mayor frecuencia: ni besa el balón antes de colocarlo, es más, ni siquiera parece tratarlo con especial cariño, no cuenta los pasos al coger carrerilla, como mucho ese uno-dos antes de golpear, en todo caso nada que ver con la marcha militar de Cristiano Ronaldo o su compañero Neymar, y tampoco tiene un golpeo marca de la casa al estilo Roberto Carlos o Juninho Pernambucano. Al fin y al cabo, Messi, para marcar una falta, desprovisto su lanzamiento de todo artificio, como en casi cada cosa que hace -a excepción de sus declaraciones de la renta-, solo necesita dos cosas: un balón, y que Iraizoz esté delante. Nadie mejor que el portero del Athletic conoce el resultado de esa ecuación. Por ello es perfectamente lógico que Gorka no quisiera pasarse 90 minutos esperando a que sucediera lo inevitable. Para qué retrasarlo más, debió pensar, mientras introducía el 2-0 en su portería.

Te jodes, Messi, esta la he metido yo.

El gol de Messi para el Athletic. Eñaut Barandiaran


El sábado a la noche tuve un sueño extraño. Domingo. Doce del mediodía. Estábamos volviendo de Barcelona, parados en una área de servicio plagada de coches y camisetas rojiblancas, escasos de gasolina, víveres y horas de sueño, asados bajo el sol de los Monegros, cuando los móviles de todos los allí congregados comenzaban a sonar al unísono: una voz, la voz, aunque no recuerdo si era Melendi, nos anunciaba que el Athletic acababa de empatar a 3. Asombrado, miraba el reloj, para cerciorarme de que, efectivamente, eran las doce de la mañana del domingo 31 de Mayo de 2015. ¿Quién ha marcado? le preguntaba a la voz que podía, o no, ser Melendi. Messi, me respondía, sin atisbo de emoción alguna. El eco del gol recorrió el área de servicio de punta a punta, primero como un murmullo, estruendoso después. Lo celebramos eufóricos, en nuestro caso abrazados a unos desconocidos tan sudados que estaban a punto de diluirse sobre el asfalto.  ¿Habrá que volver, no? pregunté.  Sin esperar respuesta alguna, montamos en el coche a toda hostia y dimos la vuelta, junto con el resto de la afición, dirección Barcelona.

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Medio día de Messi. Eñaut Barandiaran


Al fin y a la postre, convertir el partido ante el Barcelona en medio día del club mereció la pena. Las críticas de quienes achacaban a la junta querer ser los más ricos del cementerio tenían su base, pero Messi decidió estar a la altura de su leyenda, y convirtió en irrelevante cualquier debate que no estuviera relacionado con verle llevar la pelota cosida a su bota izquierda. Hay cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás, Messi.

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Baloi bizarrik gabe. Eñaut Barandiaran


…Versionando a Groucho Marx, la Brasil militar era al fútbol lo que la justicia militar a la justicia o la música militar a la música…

…Argentina, comandada con relativo éxito por Messi, quien luce el 10 pero sin ser el 10, honor que a día de hoy aún pertenece única y exclusivamente a El Pelusa. La Pulga es un extraño en el paraíso albiceleste, un simple mortal en comparación con el Maradona dios y padre de México’86. Tan tirante ha sido la relación entre crack y afición que no tiene un solo mural a su nombre en el país de la tierra con más murales futboleros por metro cuadrado y está pendiente de alcanzar en la final de mañana la nacionalidad y el estatus que su pasaporte y sus compañeros, que han convertido el “Messi tráenos la Copa” en recurrente grito de guerra dentro del vestuario, ya le han concedido, pero parte de sus compatriotas le siguen negando…

 

http://www.deia.com/2014/07/12/deportes/mundial-de-futbol/un-desfile-y-un-paseo

Los increibles. Eñaut Barandiaran


Vaya por delante que, por un lado, conozco personalmente a Virginia Berasategui, y por otro, crecí leyendo como Asterix y Obelix vencían a los romanos con ayuda del dopaje masivo, así que mi opinión en este tema no puede ser menos imparcial. Frivolidades aparte, observo con relativo asombro- la caza de brujas es un pasatiempo muy divertido, y las redes sociales lo facilitan extraordinariamente- como desde diversos medios de comunicación y distintas redes sociales se critica a Virginia con inusitada virulencia, en comparación con otros deportistas que han estado en parecido trance, con la diferencia de no haber reconocido jamás su trampa, cosa que sí ha hecho Virginia(obligada por la evidencia, bien es cierto): Si la triatleta hubiera negado la mayor, como mandan los cánones, muchos de los que se están haciendo cruces y la están poniendo verde en público estarían defendiéndola a capa y espada de puertas a fuera, y poniéndola a parir en privado, que es lo se ha hecho toda la vida en estos casos. Incluso el “mundo” (siempre quise utilizar este término) de la izquierda abertzale, que le está pasando factura por su reconocida afinidad- desconozco si política o personal- con Azkuna, apelando a la ética y la tolerancia cero con los “tramposos”, estuvo mucho más templada cuando Mikel Astarloza, que sí es de la cuerda, dio un positivo como una catedral. Hablando de catedrales, como olvidar aquella soleada tarde en la que a la junta directiva del Athletic se le ocurrió que sería buena idea obligarnos a los socios a hacer un mosaico gigante reclamando “justicia” para Gurpegi, cuyo cuerpo generaba indisimulada simpatía del público de manera exógena. Sin dejar de recordar, ya que estamos, y no es por tocar las pelotas de tamaño 5, créanme, que en el reciente juicio a Eufemiano Fuentes se aportaron como prueba unas bolsas de sangre utilizadas en transfusiones con la leyenda “Rsoc”, que entiendo debe ser un grupo de rock escandinavo o algo así. En ninguno de los dos casos concernientes a los grandes clubes de fútbol de nuestro país se les ha sometido a un juicio sumarísimo de calibre tan grueso, como sí ha sucedido en el caso de Virginia, de la que se ha llegado a cuestionar, por más de uno y de dos, la totalidad de los triunfos conseguidos a lo largo de su carrera. En el caso concreto de Gurpegi, si bien es cierto que a lo largo de los años ha tenido que soportar a bandas organizadas de miserables llamándole yonki y otras lindezas semejantes en diversos campos, por parte de su afición no ha recibido más que apoyo y cariño, llegando a ser considerado, primero una víctima, y en la actualidad un referente como gran capitán del Athletic, mientras que la triatleta bizkaina solo merece, según estos mismos guardianes de la moral pública, nuestro más absoluto desprecio.

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Con toda esta recopilación de episodios de la historia negra del dopaje en el deporte vasco no pretendo exculpar a Virginia ni edulcorar su error, que es mayúsculo, pero si merecería una reflexión el hecho de que haya tanta gente dispuesta a tragarse carros y carretas en algunos casos, y en este se hayan puesto el habito de Torquemada.  Porque si contundente ha sido la reacción del público en general, la de algunos supuestos amigos no le ha ido a la zaga. Si yo fuera su amigo, y me mostrara tan absolutamente decepcionado como algunos han afirmado estar, mi indignación se hubiera sustanciado en una charla cara a cara, o por lo menos una conversación telefónica privada, y no en el muro de Facebook, a la vista de todo Dios. Cuestión de estilos.

En realidad, a mí en toda esta historia me da igual que Virginia tomara Epo para ganar el Triatlón de Bilbao, Armstrong se metiera de todo para ganar siete tours, Messi tomara más hormonas de crecimiento que gominolas en su infancia, Contador se haya hecho vegetariano o a Rafa Nadal le muestren con la raqueta en una mano y la jeringuilla en la otra los guiñoles franceses. Lo que subyace en el dopaje, y lo que debiera ponerse en cuestión, no es la práctica en sí, esencialmente dañina, si es que lo es, que no lo sé, para sus protagonistas, sino el modelo de sociedad y deporte que se está promulgando, basando en la figura de los superhéroes, capaces de superar cualquier obstáculo. Si algo tiene el deporte de elite, al contrario de lo que sugiere el término deporte, es que no es saludable. Hoy mismo Jorge Lorenzo va a tomar parte en un premio de motos con la clavícula y no sé cuantas cosas más rotas, y todo con anestesia local. Otro superhéroe. Como muy bien afirma Mr Increible en Los Increibles, una película infantil mucho más adulta que bastantes de nosotros, “todos Los superhéroes tienen una identidad secreta, no conozco ninguno que no la tenga ¿Quién quiere la presión de verse súper todo el tiempo”?

En resumen, si hemos decidido que lo que queremos es espectáculo puro y duro, hazañas, records, y siempre más, y más, y más, deberíamos darles a los que nos proporcionan todo ello las herramientas necesarias para estar a la altura de nuestra exigencia. La pregunta es: ¿necesitamos héroes?